Un Relato Extraordinario. Destacado

  • Escrito por  Estaban San Juan para la revista Mi Pueblo Fuerteventura
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Un Relato Extraordinario.
Humildad y excelencia en el podio de la vida

Por: Esteban San Juan para Mi Pueblo Fuerteventura


El maestro llegó como cada mañana. Y, como cada mañana, todo parecía ocupar su correspondiente lugar, justo igual que ayer. La vida, pensó, es un continuo ciclo que se abre con el alba y se cierra en el ocaso; la noche, el interregno en que es lícito soñar que somos hombres.

Con gesto de acumulada costumbre, don Germán escrutaba, no sin esfuerzo —el tacto rugoso de su visión empezaba ya a confundir y oscurecer trazos y volúmenes—, la fachada principal del edificio. En ese momento, una secreta ilusión era la responsable de que los viandantes tuvieran que desviar sus pasos para no arrollarle. Tal era su estado de arrobamiento. Hacía ya muchos años, el comienzo de la jornada laboral se había convertido en una suerte de deleitable rutina. La imagen de don Germán era en sí misma la mayor prueba de ello. La serenidad en su rostro hablaba a sus compañeros de profesión de la complacencia con que, curso tras curso, acometía la meritoria labor pedagógica. Su paso firme señalaba a los colegiales la presteza con que habrían de ocupar sus pupitres. Sólo un profundo y bien guardado secreto pasaba desapercibido a cuantos le conocían: el pensamiento de don Germán se esforzaba en encontrar la manera de inculcar la excelencia a sus pupilos. Formulaba y ponía en práctica en su inquieta cabeza mil y un métodos de aprendizaje con los que barnizar el quehacer de los alumnos con la suave pátina de la meticulosidad.

Comenzaba un nuevo curso. El aire de septiembre resulta especialmente refrescante para reintentar, con denodado esfuerzo, tan ínclito propósito. Quienes, por un motivo o por otro, transitaban por fuera del aula de don Germán se veían impulsados a detener su paso. El sonsonete del recitado de la lección por parte de los alumnos era revestido de un cierto halo de lirismo. Podría decirse que el arrullo de una dulce melodía sosegaba el ritmo del centro. Pero, en el interior del aula, algo parecía interferir en el ánimo del maestro. Sus ojos se posaron en el rinconcito del fondo pegado a la ventana. Pese a haber sido interpelada, Lidia no despegaba la vista del cuaderno. Daba la impresión de que una extrema timidez le impedía responder a la pregunta que le acababa de formular don Germán. La respuesta que finalmente se escapó de los labios de la niña fue apenas audible, un hilillo de voz que se escurrió indefenso sobre la superficie del pupitre. Este hecho dio pie a que Rubén, que aspiraba a las máximas calificaciones en todas las materias, levantara su mano y, con tono grandilocuente, explicara los componentes que han de estar presentes en todo texto narrativo. Se atrevió, incluso, a ilustrar su enumeración con algunos ejemplos extraídos de las más altas cimas de las letras universales, desde El Quijote hasta Cien años de soledad, pasando por Los hermanos Karamazov y dos celebérrimos relatos del genial Poe. La victoria esgrimida por la pose del larguirucho cuerpo del muchacho se tornó en una inmensa tristeza en los ojos del alma de don Germán. ¿Qué había fallado?

Así pasaron los días. Rubén, Alberto y otros más parecían disputarse el escalón más alto del podio. Este hecho no preocupaba a don Germán. Antes bien, al viejo maestro le iluminaba el convencimiento de que tales estudiantes tenían bien aprendida la lección de la excelencia. El foco de sus preocupaciones era Lidia, la niña que constantemente se reprochaba su falta de conocimientos ante las preguntas y actividades propuestas por el maestro. Toda ella es un enigma para sí misma y para los demás, pensó el docente.

Llegó la época de exámenes, temida por unos y ansiada por otros. Y con los exámenes llegó la luz, hubo de admitir don Germán tras la meticulosa corrección. De la noche a la mañana, el universo de la clase habría de adoptar una nueva configuración en los mapas celestes: el centro de gravedad había cambiado. Los de Lidia no sólo resultaron ser los mejores exámenes del grupo; eran, sencillamente, perfectos. Don Germán hubo de leerlos varias veces para cerciorarse de que, en efecto, se encontraba ante las respuestas de una colegiala. Y, cuanto más los revisaba, más  alimentaba la llama de la admiración.

Al día siguiente, durante el recreo, el maestro se acercó decidido a la alumna:

        —Conozco tu secreto —fue el escueto mensaje de don Germán.

Lidia no pudo o no supo cómo reaccionar. La figura del maestro siempre le había impuesto mucho respeto. Hasta su sombra quedó petrificada durante unos instantes. El aleteo de la mariposa de sus párpados fue la única señal que su fragilidad pudo cincelar en el aire fresco de aquella mañana. Ante el desconcierto de la niña, cuya expresión clamaba por una explicación, don Germán adujo con notas de ternura en el pentagrama de sus palabras:

         —Eres humilde. En todo momento, persigues la humildad.

Esta vez, Lidia encajó mejor el mensaje. Asintió lentamente con la cabeza, clavó sus ojos en los del adulto y, con una suave modulación de la voz, dijo casi sonriendo:

         —Y yo conozco el suyo.

Lo que en un principio iba a ser un gesto de extrañeza se esfumó en el acto. En el fondo, don Germán era consciente de que su pensamiento se había convertido en un libro abierto para la niña.

         —Prosigue —fue la única palabra que, en su papel de maestro, pudo articular.

         —Usted busca la excelencia. Pero la busca por un camino equivocado. La excelencia ha de nacer del reconocimiento de que somos incompletos, erramos y volvemos a errar hasta que, estando seguros por fin de que hemos equivocado la dirección, somos capaces de vislumbrar entre la maleza el verdadero sendero. Hay que amar el error tanto como el acierto. El miedo a desandar lo ya transitado ha de ser el placer de volver a vivirnos en cada paso. La excelencia, además, es la capacidad del ser humano de hacer excelentes a los demás. Mis dudas son las alas que han llevado a mis compañeros a la excelencia. Rubén, por ejemplo, subido a lomos de mi incertidumbre ha descubierto que es capaz de disertar con placer sobre los asuntos que han movido al intelecto y al alma humana. Usted mismo ha errado en el ritmo del caminar: el sendero de la excelencia no se recorre veloz; la lentitud en el movimiento es la señal inequívoca de que la ruta es la correcta.

El semblante de don Germán se zambulló en un mar de mudez. Deslizó con suavidad la vista hasta alcanzar la altura del suelo, nivel al que se encontraba ahora la ilusión que había caracterizado su meticuloso quehacer. Anduvo, sin más. Anduvo y volvió a andar. Y a cada paso se interrogaba, se reprochaba y se deshacía de su saber, impregnado ahora del sabor de lo extraño. De súbito, comenzó a amar su error. Se contempló a sí mismo como si fuera su propio espectador y comprendió que, tal y como había afirmado la niña, iba reviviéndose en cada paso que desandaba. Esta vez, estaba muy seguro de ello, recorría con paso firme el verdadero camino de la excelencia.

La anterior es una historia ficticia. Hasta donde yo sé, nunca ha ocurrido. Pero, como en todo relato ficticio, hay una base real. La niña que ilumina el entendimiento de su maestro existe. O, mejor dicho, las características que definen a la Lidia de la ficción están inspiradas en la Lidia real. Lidia Zuleima Almeida Ortega acaba de recibir el Premio de la Fundación DISA a la Excelencia Académica 2015. Hoy ya no es una niña, aunque la tierna ingenuidad que brilla en sus ojos hable de una infancia feliz muy arraigada en su universo personal. Hoy es una joven de dieciocho años que comienza su andadura en los estudios de Medicina en la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria. Hoy es, ante todo, una persona íntegra que no busca el reconocimiento de sus méritos. He ahí su gran virtud. Estoy seguro de que si la tuviera ahora delante y le preguntara al respecto me respondería que su mérito es saber con seguridad que está haciendo lo correcto, lo que la hace feliz a ella, a su familia y a sus amigos. Y en su respuesta estaría su gran legado: la lección de la humildad.

Desde luego, si hay algo que no le falta a Lidia son méritos. Su trayectoria por el IES Corralejo así lo demuestra. Quienes la hemos tenido en nuestras aulas como alumna somos entusiastas testigos de ello. El Centro presume con orgullo de que el suyo es el mejor expediente académico desde que se abrieran las puertas a los estudiantes del norte de la Isla allá por el año 2000. Sus notas de Bachillerato (una media de 10) la han hecho merecedora de la Matrícula de Honor el pasado curso académico 2014/2015. De entre los institutos de Fuerteventura, su nota de la PAU (Prueba de Acceso a la Universidad) ha sobresalido por ser la más alta.

Pero volvamos al presente. Me gustaría proponer al lector un ejercicio de literatura. Permítaseme la introducción de un elemento ficticio en una situación real. El día es el dieciséis de octubre; el lugar, la Sede de la Presidencia del Gobierno de Canarias. En el ambiente solemne, los nervios son cuchillas que se cuelan por los estómagos de los jóvenes. Toca mantener el tipo ante el Presidente del Gobierno Canario y la Consejera de Educación. Y allí está Lidia, arropada por su familia, sus amigos y Alicia (la profesora de matemáticas que tantas veces hubo de calmarle los nervios). Oculta por una columna, la figura de un señor de avanzada edad no pierde detalle de cuanto está sucediendo. No quiere sentarse, pese a que una amable mujer le acaba de ceder su asiento. Prefiere seguir de pie, apoyado en su bastón. El nombre de Lidia suena por la megafonía y la joven sale a recoger su galardón. Mira al público, su frente está perlada por el calor de la emoción. No puede contener un efusivo saludo a sus padres y a los amigos y amigas que han querido estar junto a ella un día tan especial. Cuando está a punto de volver a su asiento, posa su vista en un punto lejano de la sala. Por supuesto que le reconoce. No esperaba que don Germán, a quien hacía más de cinco años que no veía, estuviera presente en una ceremonia tan significativa. Pese a la distancia a la que se encontraban, no pudieron evitar mirarse el uno al otro durante unos instantes. No habían tenido una conversación personal desde aquel famoso recreo. Y esa tarde, tampoco la tuvieron; por lo menos, con palabras. Hablaron de toda una vida con un sencillo gesto. El de don Germán decía: «Ahora no soy el único que conoce tu secreto. Enhorabuena». El de Lidia era reflejo de su virtud: «Gracias por todo».
OCTUBRE 2015 282
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